viernes, 26 de mayo de 2017

¿Y mi casa?

Hoy no puedo escribir bonito:
me duele el pecho, no respiro bien, se me estrecha la garganta, estoy desequilibrada.
Solo quiero llorar, desgarrarme, desangrarme.
Frustración y rabia presentes estos días.
Llegan cuando un mismo ciclo rutinario se vuelve a repetir en bucle,
cuando no hay separación ni diferencia entre los días.
Cuando las cosas que han cambiado, se establecen como una pieza más en mi insatisfactoria vida.
Llega esa sensación de sentirme encerrada
y las ganas de romper el maldito vientre de mi madre para que me deje nacer.
Las ganas de derribar las paredes de esta habitación.
Acabar de una vez con las limitaciones y despertar.

Solo quiero descomponerme
o completarme.
Pero no quiero vivir sin una parte de mí.

Me añoro,
trato de esperarme.
Pero la ausencia más dolorosa, ahora, es la de mí misma.

Para qué vivir sin estar viva.
Para qué tener ojos si no puedo dejar que el verde de las plantas o el verde de los suyos, o la belleza de las flores me transmitan y me llenen de alegría.
Para qué tenerlos
si la luz del sol me molesta todos los días.

Para qué tener piernas y pies.

Describo la apatía del no estar,
el adormecimiento de la conciencia.
El momento a partir del cual mis sentidos decidieron darse a la fuga, aterrados.
Cuando quedé cansada, aletargada e indiferente.
Cuando todas las cosas dejaron de tener significado.

La aparente huída,
temporal ausencia
de mi alma.

El ego en la New Age presente.

La ira y el odio que me produce observar la falta de consciencia de las personas que lideran o tratan de liderar en el mundo de la espiritua...