Es
precisamente la cruz
que llevas a cuestas;
la sangre que derramas
por el camino
antes de serte clavada la estaca;
el placer de tus garras que
con dolor
arañan tu piel y tu cara;
los llantos que al aire exhalas;
el trastornado brillo
de tu inteligencia;
tu nocturnidad;
el frío, la muerte y la luz de la Luna
que cubren tu aura,
lo que me embauca.
En esas cuencas,
como pozos,
tus profundos ojos
felinos,
ágiles, apagados,
que brillan más que mi edad,
tienen esa peculiar malicia y...
parecen saber más
de lo que quieren hablar.
No te amo pero
no te voy a poder olvidar.
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