El tipo de depresión apática implica no poder ser consciente de ningún tipo de expresión de naturaleza emocional. Todo el mundo de las sensaciones se volvió la nada para mí.
Perdí el amor por mí misma, todas las ganas de vivir, la alegría y la tristeza, la diversión y el aburrimiento, el placer y el dolor, la serenidad y la furia. Perdí mi identidad, mis gustos, mis deseos, mi forma de ser. Mi estado era el de constante indiferencia, aunque el mundo pudiese estar ardiendo ante mis ojos.
Por miedo. Miedo a las emociones. Miedo a ser destrozada, rota en pedazos, dolida, humillada.
Dejé de permitirme ser sensible a la realidad ni estar conectada con el exterior y lo que sucedía a mi alrededor. Dejé de permitirme formar parte del espacio.
El espacio me produce una sensación que áun persiste en mí a día de hoy: vulnerabilidad, miedo a ser percibida tal como soy, a que la gente sea mala conmigo, me traicione o se ría de mí. Tengo la sensación de una niña dolida y abandonada, carente de amparo. Todo ello son emociones generadas en la etapa infantil convertidas en bloqueos exhaustivamente limitantes en mi vida presente.
Mi inconsciente tomó la decisión de que lo más seguro sería desaparecer, sin pensarlo dos veces. Por tanto, desde los catorce años, el buscar a diario, dónde fuera y como fuese, una mínima perturbación del ánimo, sin saber qué me estaba ocurriendo y porqué, me resultaba tremendamente frustrante y enloquecedor. También perdí la cordura.
Me anulé. Sin dirección ni guía, me vi sin rumbo, perdida en un mar de incomprensión.
Me fue totalmente imposible encontrar ayuda al vivir en un vacío existencial a tal nivel por dos motivos: ni yo misma era consciente de lo que ocurría, las causas y la dimensión del problema y por tanto solo supe explicar una pérdida de motivación y no ser capaz de estar tanto triste como contenta, y porque por lo general la gente y los especialistas de salud mental entienden de emociones y sentimientos, no de la nada, de la absoluta apatía, de la inexistencia.
Han pasado años.
Y vivía porque tenía un vago recuerdo de lo que era el sufrimiento, sabía que no era bueno y yo no quería hacer pasar por algo malo a mi familia o las personas que me conocen, no les consideraba merecedores de tener que cargar con tal acontecimiento en sus vidas.
Vivía porque sabía que me sería imposible pasar el resto de mi existencia en ese estado, a pesar de haber olvidado lo que era sentir.
Me aislé del mundo como de mí misma.
Me encerré en ninguna parte.
Todo se tornó en total insignificancia.
Mi vida se volvió un vacío.
Olvidé que tenía corazón.