Pocas veces lo soy todo para mí. Otras no me siento nada. A veces me veo grande y alta, otras escurrida, esmirriada. Hay veces en las que podría levantarte la voz, dar con el puño en la mesa, arder en llamas y odiar, odiar... hasta consumirme en mi propia garganta. Pero no, la mayoría de veces solo callo, asiento, hago como que te entiendo, y te perdono. Pues de ese modo se podría evitar cualquier tipo de herida, de dolor, de guerra. Podría comerme el mundo y todo eso, pero a veces alguna fuerza me falla. Y me detesto, me odio, me siento una vergüenza y me recojo en la cama. Para no cuestionarme más, intento no hacer nada. De tanto luchar con el sol y la sombra hay veces que se me cae el aliento al suelo y sencillamente me quedo parada: ni veo ni escucho ni quiero ser, solo...
sábado, 20 de julio de 2019
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